Cosecha nómada en el Valle del Okanagan: trabajadores mexicanos en la agroindustria alimentaria canadiense

Segunda época, número 14, julio-diciembre 2022, pp. 52-72.

Fecha de recepción: 15 de abril de 2022.
Fecha de aceptación: 19 de septiembre de 2022.

Autor:

Luis Rubén Ramírez-Montes de Oca1

Resumen

Este análisis explora las condiciones laborales y domésticas de jóvenes mexicanos que carecen de documentos de empleo en la agroindustria alimentaria canadiense. Se trata de un estudio constructivista orientado a la fenomenología cuya presentación de resultados, bajo un método autoetnográfico, expone la comprensión del propio investigador como trabajador agrícola. El trabajo de campo se realizó en 2016 y fue situado en el Valle del Okanagan, Columbia Británica. El artículo busca exponer una inserción laboral que ha sido poco documentada: en tanto clandestina como itinerante que, además, se enmascara tras el contexto del Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales (PTAT). Los hallazgos revelan la conformación de rutas migratorias y lazos de solidaridad frente a las adversidades, pero, sobre todo, destaca la precariedad de las ocupaciones y la reproducción barata de la vida humana en un circuito mercantil étnicamente heterogéneo caracterizado por la transitoriedad, el riesgo y la incertidumbre.

Palabras clave: trabajo indocumentado, trabajadores mexicanos en Canadá, trabajo precario, jornaleros agrícolas, autoetnografía.

Nomadic Harvesting in the Okanagan Valley: Mexican Workers in the Canadian Food Agribusiness

Abstract

This analysis explores the working and domestic conditions of young Mexicans who lack employment documents in the Canadian food agribusiness. It is a constructivist study oriented to phenomenology whose presentation of results, under an auto-ethnographic method, exposes the researcher’s own understanding as an agricultural worker. The field work was carried out in 2016 and was located in the Okanagan Valley, British Columbia. This seeks to expose a labor insertion that has been poorly documented: as clandestine, as itinerant; which, furthermore, is masked behind the context of the Seasonal Agricultural Worker Program (SAWP). The findings reveal the formation of migratory routes and ties of solidarity in the face of adversity but, above all, they highlight the precariousness of occupations and the cheap reproduction of human life in an ethnically heterogeneous mercantile circuit characterized by transience, risk and uncertainty.

Keywords: Undocumented work, Mexican workers in Canada, precarious work, farm laborers, autoethnography.

Introducción

Tom dijo:
Ya ves, antes de dejar nuestro hogar oímos
que aquí había trabajo en abundancia.
Vimos anuncios que pedían gente que viniera a trabajar.
—Sí —dijo Timothy—.
Nosotros también. Y no hay demasiado trabajo.
Y los salarios bajan constantemente.
Se cansa uno simplemente teniendo
que ingeniárselas para comer […]

John Steinbeck, «The grapes of wrath».

Actualmente, Canadá es el país con más mexicanos trabajando en su territorio sólo después de EE.UU. (Lara y Pantaleón, 2015, p.9). La concreción de acuerdos comerciales a raíz del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), ha supuesto un proceso que se presenta como un gran crecimiento económico para EE.UU., y Canadá a la sombra de la debilidad económica en México (Ruiz, 2007). Esto ha tenido como consecuencia un incremento considerable de los flujos migratorios intrarregionales, sobre todo hacia EE.UU., empero las rutas que los trabajadores perfilan rumbo a Canadá crecen año con año.

En esta línea la guerra contra las drogas, impulsada por el expresidente Felipe Calderón, derivó en una violencia exacerbada, propiciando que miles de mexicanos buscaran salir del país: Canadá se presentó como un lugar para solicitar asilo. No obstante, el Estado canadiense considera a México como una democracia funcional con un régimen jurídico que ofrece a sus ciudadanos el respeto a sus derechos humanos, con lo que se descartaron a los solicitantes de asilo (Simmons, 2015, p. 34).

Cabe recordar que en 2009 el gobierno federal canadiense —bajo el mandato del Conservador Stephen Harper— comenzó a solicitar visas a los mexicanos que desearan ingresar a dicho país, lo cual se conjugó con la crisis económica en EE.UU., así como con un gran número de deportaciones de migrantes mexicanos indocumentados desde dicho país. La imposición del visado fue un control que se terminó justificando como una regulación en materia de solicitudes.[1]

Ahora, si bien existen diferentes maneras de ingresar a Canadá para insertarse en los circuitos de trabajo, en años recientes se ha puesto mayor atención en aquellos acuerdos gubernamentales que permiten un flujo de mano de obra de forma controlada. Por ejemplo, el Programa de Trabajadores Agrícolas Temporales (PTAT). En consecuencia, el peso académico y analítico sobre mexicanos que migran hacia Canadá con fines laborales es atraído por las versiones relativas al Programa. Tema que se discute desde lo que considera como trabajo no libre (Montoya, 2020).[2]

Diversas investigaciones de corte sociológico y antropológico abordan el tema de los migrantes mexicanos en Canadá durante los últimos 15 años (Becerril, 2007; Couture, 2009; Goldring y Landolt, 2015; Leibel, 2007; Basok y otros, 2015; Sánchez y Lara, 2015; Lara y Sánchez, 2015; Lara y Pantaleón 2015, 2019; Tomic y Trumper, 2018, Díaz-Mendiburo, 2013, 2015 y 2020; Díaz- Mendiburo y McLaughlin, 2016; Preibisch y Hennebry, 2011; Preibisch, 2007 y 2015; Preibisch y Encalada, 2010; Pysklywec y otros, 2011; Roberge, 2008; Vanegas, 2018; González, 2008; Verduzco, 2007; Binford, 2018; Montoya, 2020; Cohen y Hjalmarson, 2020, Hjalmarson, y otros, 2015).

Entre los consensos en materia de hallazgos, se exponen las situaciones de vulnerabilidad que experimentan los trabajadores mexicanos, las vejaciones en materia de derechos humanos, las consecuencias materiales producto del estatus de no ciudadanía, la precariedad estructural, los abusos padecidos por empresas y empleadores, la limitada agencia y movilidad, el disciplinamiento de los cuerpos, la importancia de las remesas, los estragos físicos y mentales, las carentes condiciones de salud y vivienda, la maternidad y paternidad a distancia, las disrupciones del género frente a la sexualidad, etcétera.

Ello lleva pensar que la alta oferta laboral en los espacios agrícolas, hortícolas y vitivinícolas canadienses posee un atractivo económico para muchos mexicanos al margen del PTAT. Si bien un contrato supone garantías como una paga asegurada, también implica una inmovilidad en caso de no estar a gusto con las condiciones de empleo en la granja o por las relaciones con los empleadores. De cierto modo, el contrato ancla a los trabajadores. El tipo de estatus laboral “no documentado”, posiciona al trabajador en una situación de inseguridad y vulnerabilidad al estar desprovisto de prestaciones y derechos básicos.

De tal modo, el presente artículo versa sobre las condiciones de vida y de trabajo que los jóvenes migrantes mexicanos no ligados a un programa laboral experimentan en la industria agroalimentaria canadiense. Con ello se pretende una comprensión socioantropológica de la reproducción barata de la vida, así como de la precarización de la mano de obra y sus impactos en el cuerpo y a la salud de dichos sujetos.

Metodología, método y universo

En 2016 ingresé a Canadá en busca de enrolarme en un circuito de trabajo ligado a la agroindustria alimentaria, empero sin documentos legales para tal fin. Lo cual significa infringir la ley, pues es necesario solicitar un permiso legal para ello (Government of Canada, 2021). Este texto se sustenta en aquella estancia desarrollada en la ruralidad del Valle del Okanagan, Columbia Británica.

Tal estancia me ha permitido observar de cerca las condiciones de trabajo y vivienda de los mexicanos que migran a tal país con fines laborales. Si bien mi experiencia transcurrió ligada al contexto del PTAT, no necesariamente abordaré temas relativos a éste, pues pretendo dar espacio a las características de la movilidad laboral indocumentada sobre la que hasta ahora se ha puesto poca atención.

En este sentido, el objetivo planteado es exponer qué significa para jóvenes mexicanos adentrarse en dicho mundo laboral, para lo cual he ponderado mi propia experiencia como jornalero. Por lo que una de las preguntas que guían el análisis versa sobre cómo se vive el trabajo sin documentos para un estudiante mexicano. Es un planteamiento que si bien representa un sesgo de abordaje metodológico sugiere una capa descriptiva que enfatiza la vivencia cotidiana.

Uno de los elementos que, en sentido pragmático motivó mi desplazamiento, fue generar dinero a la par de costear el viaje y los gastos diarios en el Okanagan. Esto pese a que las ocupaciones agrícolas se desarrollan en un circuito precarizado: trabajos no certificados y clandestinos; empero, demandados por la economía del sector primario. Ello implica la posibilidad de sanciones migratorias —como la deportación debido al estatus de estancia como turista—, pero también multas de hasta cincuenta mil dólares canadienses y/o encarcelamiento de hasta dos años a los empleadores que sortean tales actividades tenidas como ilegales (Dongier y Villaran, 2003, en Verea, 2010).

Estas multas buscan evitar la trata y el tráfico de personas, pues al eludir la normatividad laboral se allanan condiciones que dan pie a este y otros problemas. En tanto, es común que los empleadores no indaguen en el historial de los trabajadores, no sólo por la diligencia que eso implica, sino porque se trata de una mano de obra barata, libre de impuestos y seguro médico. Se trabaja subrepticiamente a costa de mejores sueldos que en el lugar de origen. La clandestinidad bajo la que operan las ocupaciones cuando no se cuenta con permiso para trabajar, o sea, redes a la sombra de la ley, representa un permanente estatus precario de trabajo y de ciudadanía (Landolt y Goldring, 2015).

Aquella experiencia plantea problematizar diversas aristas del mundo laboral que, como trabajadores migrantes, los mexicanos vivimos en un país considerado del Primer Mundo —en términos existenciales (Kapuściński, 2016). En consecuencia, he podido extender mi panorama sobre la migración transnacional, ya sea por contrato y ordenada como la del PTAT o de manera indocumentada. En tanto que he comprendido que las remesas son un importante sustento para las familias en México, que las historias de vida están cargadas de incertidumbre respecto al futuro laboral inmediato, pero también que el choque cultural se contiene mediante distintos mecanismos de agencia y reflexividad.

La propuesta epistémica enfatiza describir mi propia trayectoria laboral con respecto a los trabajos sin contrato. Tal soporte comprende mi experiencia como jornalero en el cruce de relaciones de convivencia entre hombres, elemento toral de género sobre el cual se ha puesto el foco. De este modo, se busca evidenciar la carencia de garantías legales para trabajar, pues es un ámbito en donde predominan las ocupaciones temporales que, además, suponen precariedad y vulnerabilidad para los individuos ligados a ellas sin permiso.

Ahora bien, uno de los objetivos del artículo es describir cómo se experimenta esta dimensión laboral desde un enfoque materialista. Ante esto, destaca la fuerza de trabajo humano (Marx, 2010) como modelo analítico centrado en explicar cómo se estructuran las condiciones de la vida cotidiana en la industria agrícola de los alimentos. Además, se parte una la noción relativa al ejército industrial de reserva (Marx, 2010) y al precariado (Standing, 2016) sobre los términos subjetivos de la inestabilidad y flexibilidad del mundo laboral afín al capitalismo neoliberal.

A estas propuestas se suma una noción relativa a la ecología-mundo cuyo sustento pone de relieve las características del proceso de acumulación con base en la agricultura y la fuerza de trabajo a partir de cadenas globales de mercancías y migraciones transnacionales centro-periferia (Molinero y Avallone 2017). De tal modo, se condensa el marco analítico sobre el modo de producción agrícola no sólo en términos económicos sino civilizatorios, en donde se entiende que el bajo coste de esta incide en una reproducción social abaratada.

Este análisis se sostiene en una postura constructivista de tipo fenomenológica cuyo objetivo es comprender la acción social de los individuos. Por tal, me apego a la propuesta de Berger y Luckmann (2005) a fin de problematizar la experiencia subjetiva con base en el lenguaje. De modo que el mundo de la vida cotidiana se presenta como objeto de estudio sociológico y que concierne interpretar a la acción con base en significaciones subjetivas de un mundo coherente.

En tal línea, y siguiendo a Geertz (2000), entiendo el actuar humano como inserto en entramados de significado que los sujetos hilan entre sí. De tal manera, lo analítico atraviesa una postura interpretativa. El propósito de dicho enfoque es el análisis de la cultura mediante su interpretación en búsqueda de tales significados, es decir, la explicación de expresiones sociales simbólicas que en su superficie aparecen como enigmáticas.

Así, se toma en cuenta que tanto la fenomenología constructivista como el enfoque interpretativo son afines al llamado epistémico de Charles Wright Mills (2009) sobre la imaginación sociológica. Es decir, un acercamiento al mundo cotidiano relativo a un orden estructurado que puede implicar márgenes de agencia y reflexividad (Giddens 2007).

La presentación de resultados para este estudio ha implicado la conjugación de varios elementos. Por un lado, se emplea un enfoque socioantropológico con miras a analizar críticamente la experiencia intersubjetiva lo que me sugiere expresarla en términos propios en torno al trabajo intensivo a cielo abierto. Entonces, se plantea como recurso epistemológico un método autoetnográfico. Ello significa que el autor alude a su vivencia particular, empero en constante vigilancia de sí como proceso de extrañamiento metodológico.

Ante ello, la autoetnografía como propuesta narrativa resulta pertinente para la generación de conocimientos y la exposición de resultados (Blanco, 2012). Pues entiendo que toda vida individual es susceptible de dar cuenta de la especificidad del contexto en el que las personas en cuestión viven su realidad. Dicho de otro modo, se implica el recorrido de la época histórica a lo largo de la existencia individual. Además, dicha propuesta es útil al método biográfico interpretativo como una crítica hacia los términos de voz y presencia (Denzin, 2017).

Acorde a tal propuesta este es un ejercicio crítico sobre mi propia vivencia en términos intersubjetivos. Es decir, no sólo me ha interesado describir de qué forma interactué frente a otros individuos, sino cómo he interpretado los hechos a la luz de los años. En esta dirección estimo poder dilucidar algunas de las condiciones y contradicciones en las relaciones sociales dentro de esta movilidad laboral. Esto me lleva a plantear la confidencialidad de los personajes que me acompañan en dicha narrativa, por lo que sus nombres no serán revelados. Dicha postura a fin de salvaguardar su integridad y en apego a la ética de la investigación etnográfica.

A lo largo de la narrativa se presentan algunas nociones bajo un enfoque de género a fin de abonar a una mirada comprensiva de la masculinidad que los hombres mexicanos producen y reproducen en la vida cotidiana del contexto agroindustrial canadiense. Para ello se problematizan las dinámicas socioculturales y de poder, tanto androcéntricas como heterosexistas con énfasis en las inscripciones del género (Nuñez-Noriega, 2016). Por tanto, se destaca que, en la convivencia en ámbitos laborales precarizados, la masculinidad tiene como sustento comportamientos que exaltan la hegemonía heteropatriarcal a fin de acceder a ejercicios de privilegio. Entonces, en las relaciones entre varones se pondera la hombría soportada por la construcción de un sistema de poder y dominación genérica como contenedor de códigos simbólicos (Nuñez-Noriega, 2016).

Ingreso y vínculos: cosecha nómade en el bucólico Valle Okanagan

Bruno —un amigo de la universidad— y yo, ingresamos a Canadá en el verano de 2016 buscando trabajar en la cosecha[3] de cereza al sur de la Columbia Británica. Accedimos a dicho lugar bajo las instrucciones que otra amiga, Astrid, me había relatado sobre su estancia de un año antes. Me aseguró que tendríamos importantes ganancias en sólo un par de meses y que el ritmo de vida era encantador. Ganaríamos lo suficiente para costear vuelos y comida: sería como ir de vacaciones a un lugar donde se trabaja. Tales elementos me fueron transmitidos cara a cara, pues era imperativo evitar cualquier indicio digital en los teléfonos celulares que diera pistas a los agentes aduaneros sobre nuestra intención laboral.

Aterrizamos en Vancouver y, tal como lo temíamos, tras un primer filtro en la aduana, nos sometieron a un segundo, y más extenuante, interrogatorio mientras nuestros teléfonos móviles eran confiscados.[4] Aseguré ser docente universitario de y mostré mis credenciales. Bruno dijo ser estudiante y mostró sus documentos. Dijimos que íbamos de vacaciones. Procuramos ser cautos con los detalles: reservaciones de hotel a cancelarse sin comisión y una ruta de viaje que suponía cruzar algunas autopistas y parques nacionales. Sin embargo, nuestra causa era sospechosa. Sobre todo, al no tener un vuelo de regreso a México. Por lo cual se nos cuestionó enfáticamente. Al no haber rastros en los celulares sobre nuestras intenciones, y manteniendo al pie nuestro discurso, nos fue permitida la entrada por seis meses con permiso de turista. No fue difícil mentir, sino hacerlo en otro idioma.

Lo siguiente fue dirigirnos a la Pacific Central Station para comprar los tickets de autobús que nos llevarían al siguiente destino, pero éste saldría hasta el próximo día. Descansamos sobre una banca y frente a nosotros, la cúpula geodésica del Science World flotaba sobre el agua y, detrás, el BC Place Stadium refulgía en azul, tal vez transcurría un evento dentro. Pasaban las 21 horas y recién se ocultaba el sol y esa mixtura de lucecitas centelleaba sobre False Creek. Cenamos atún en agua directamente de las latas abrefácil y, en un estado de alerta, pernoctamos frente a los kayaks que se bamboleaban. Al fondo, se oía el rumor de los gritos guturales propios de la locura urbana. El aroma salitroso de la intemperie era húmedo y el viento se volvía cada vez más frío al caer la madrugada, nos carcomía. Una luna llena, magna e incólume, se posaba sobre los altos edificios.

A la mañana abordamos el camión con rumbo a Osoyoos. Un poblado que se ubica a cinco kilómetros del límite fronterizo con EE.UU., por la autopista 97th. Misma ruta que cruza el valle del Okanagan que, desde fines de los años ochenta, se ha afamado por su producción vitivinícola, marcando no sólo la identidad del valle y su economía, sino ponderando una imagen bucólica del espacio (Tomic y Trumper, 2018, p. 183). El Okanagan es una región mercantil de migrantes de origen belga que asentaron las bases de la expansión productiva británica (Couture, 2009). Hoy día destaca una estampa en la que el vino, la alta cocina y la recreación al aire libre fungen como atractivo para un turismo cosmopolita. Además, se produce el segundo rendimiento más alto de frutos en la Columbia Británica, pero también es la segunda región con mayor recepción de turistas después del Valle Fraser (Cohen y Hjalmarson 2020, p. 142). La ruta del vino comienza en Osoyoos y concluye 123 km al norte de Kelowna, o viceversa. El recorrido desde Vancouver suponía otros 300 km.

En el camión escuchamos a unas mujeres jóvenes que conversaban en español mientras acomodaban su equipaje y otro muchacho les interpelaba, a quien en adelante nombro Víctor. Al parecer compartían ruta. Trataba de aguzar el oído pese al sueño que cargaba. Por la ventanilla se observaba una interminable secuencia de pinos entre la neblina. Después de un rato les interrogamos. Resultaba que todos eran mexicanos. Una de las chicas, Sill, tenía un contacto que les acercaría a la pisca de la cereza. Se dirigían al poblado de Oliver, al igual que Víctor, pues él también tenía un amigo trabajando ahí.

Ubicamos que Oliver estaba 10 km antes de Osoyoos. Pensamos que sería una buena oportunidad para encontrar trabajo pronto, sin embargo, esta ruta contradecía lo que Astrid me había relatado. Aun así, estos personajes ya tenían a alguien que los recibiría allí probablemente con trabajo y nosotros no. Les preguntamos si podíamos acompañarlos a fin de involucrarnos lo antes posible en la cosecha de la cereza. Todos accedieron. Entre sus contactos alguien tendría algo para nosotros, tal vez los del Programa. Es importante destacar que varios de los sujetos con los que interactuamos a lo largo de aquel verano fungieron como contactos laborales. Si bien no necesariamente este era un fin en sí, las relaciones se orientaban a encontrar mejores posibilidades para un trabajo. Lo que significó entablar redes de apoyo inmediato frente a la incertidumbre. No fue sencillo decidir cambiar de rumbo, pero esta posibilidad ofrecía una solución pragmática y nos abría un panorama al que, de otro modo, habría sido más complicado acceder.

Desde un enfoque de sistemas relativo a los vínculos, se da cuenta de las relaciones entre los grupos, lo que da pie a analizar aquellos segmentos de la estructura social que no quedan definidos con facilidad como grupos primarios (Granovetter, 1973). De tal modo, aquellos con quienes se tiene vínculos fuertes están en mayor disposición a ayudar sobre información relativa al trabajo. Lo que se pierde en afinidad, se gana en expansión. Astrid nos compartió sus conocimientos para acceder a este circuito, pero a quienes recién conocíamos abrían la posibilidad de insertarnos de inmediato a él mediante otros actores.

Arribamos a Oliver, el sol caía imponente. Descansando bajo una sombra, esperando al contacto de Sill. De pronto, una camioneta negra tipo Van llegó a la A&W y descendió un tipo regordete, mal encarado y de cejas pobladas a quien apodaban “La Fiera”, era trabajador del PTAT. Después de comer una hamburguesa y reponer energía, ofreció llevarnos a la casa en la que vivía: podríamos acampar ahí hasta que hubiera trabajo, nos dijo.

Llegamos a una construcción rodeada de hectáreas destinadas a la producción de la uva y otros frutos de origen prunus. La Fiera se regocijaba: “mira qué me encontré en la autopista, pura carne nueva; oye, vamos por unas Budweiser”. Se dirigía a unos tipos que descansaban sentados sobre el pórtico. Minutos después, llegó el amigo de Víctor, una sorpresa pues no esperaba encontrarlo ahí mismo. Nos contó que el año anterior había conocido a La Fiera en esa misma farma.[5] Este año trabajaba cerca y pasaba a la casa a tomar un duchazo y calentar su comida a cambio de $10CAD.

La casa estaba habitada por otras tres personas adscritas al PTAT: Teo, hombre de unos 40 años, astuto, correoso, bebía su cerveza recargado sobre un barandal en pose galante mientras platicaba con Sill. Curro, un individuo corpulento, de sonrisa afable y acento yucateco, muy dispuesto a escuchar y conversar amenamente sin tapujos; era abstemio. Chema, sujeto fornido, bronceado y corte a cepillo, proveniente de Reynosa, Tamaulipas, se notaba animado en aquella charla.

En la casa había calefacción, aire acondicionado, refrigerador, lavadora-secadora, estufa con horno, tina, parquet y algunos muebles sencillos. Pero todo ese mobiliario era utilizado no sólo por ellos, sino por otras personas que también estaban ahí de paso semanas atrás: en la parte trasera de la casa acampaba un grupo proveniente de Quebec. Según pauta la costumbre veraniega, jóvenes recorren el país en carro buscando granjas para piscar cereza a fin de costear el mismo viaje. Una forma de movilidad que conjuga turismo y trabajo (Couture, 2009).

Esta circulación se puede comprender en términos dialécticos: una forma de viajar para trabajar y de trabajar para viajar. Al tiempo de cristalizar una actividad remunerada, los ingresos permiten avanzar hacia diversas rutas para la recolección de la cereza u otras actividades. Tales características se asemejaban a las que pretendíamos reproducir, a diferencia de que nosotros necesitábamos un permiso de trabajo, además de no contar con el conocimiento histórico y geográfico sobre a qué granjas dirigirnos. No obstante, en ambos casos, se trata de un tipo de cosecha que sugiere ser itinerante o en alusión a Marx: mada (2005).

La tarde caía lentamente. Los Marlboro que, como agradecimiento, las chicas llevaron para los mexicanos del PTAT por el recibimiento, circulaban entre la mayoría. Entretanto, La Fiera recordó que movería sus conexiones para que pudiéramos trabajar lo antes posible. Nos llevó a una granja cercana y una mujer con un vestido rojo y detalles dorados abrió, conversó con La Fiera en un inglés que me fue complicado de identificar, pero que él seguía e imitaba. El trabajo para el día siguiente estaba apalabrado. Al volver, los quebecos nos invitaron a una fiesta en un paraje cercano. Teníamos ánimos de celebrar dadas las nuevas y no lo dudamos.

La reunión se llevó a cabo en un sitio cercano. Comenzaron a circular las Budweiser. La Fiera nos habló sobre el acuerdo al que se había llegado con aquella señora a quien describió como punjabi.[6] Este indicio me dio pie para identificar, eventualmente, que la industria vitivinícola está controlada por este grupo étnico-religioso, pues han desplazado a la hegemonía europea que habitó e impulsó económicamente dicha región hacia finales del siglo XX (Tomic y Trumper 2018).

A los punjabis —continuó— había que respetarlos, pero no dejarse de ellos: muchos no tenían estudios, solían ser hoscos, pero eran los que pagaban. Una cuestión importante era aprender a comunicarse con ellos, pues en su acento se dificulta la comprensión del inglés. O sea, no bastaba con entenderles, cosa ya bastante complicada, sino expresarse —tal como él hacía— imitando su acento: una forma de adaptación etnolingüística. A su vez, nos dijo algunas frases que podrían servirnos para el trato diario, como sat sri akaal, que significa buenos días. Después aprovechó los cerezos al paso para darnos un diplomado exprés sobre picking cherry. Lo importante era no maltratar la fruta o no la pagaban y, no menos importante, darle ritmo para hacerlo veloz.

La pisca de la cereza es una de las actividades agrícolas más lucrativas en esta zona durante el verano. Se trata de una cosecha a destajo. En términos pecuniarios aprovechar esta temporada resulta fundamental no sólo para quienes trabajan sin contrato, sino también para los que lo tienen —acaso el empleador les permita dicho sistema. En un día promedio, y con muy poca experiencia y destreza, se puede ganar el equivalente a $100 CAD.

La gama de ocupaciones por fuera de la ley se enmarca en un complejo sistema laboral precario que se presenta como segmentado, es decir, tanto la seguridad laboral, así como la vulnerabilidad económica representan dos caras de la flexibilización a fin de desvalorizar de garantías y derechos a los trabajadores (Goldring y Landolt, 2015). El tipo de ocupaciones que se reproducen en espacios de trabajo intensivo suponen una pauperización de las condiciones materiales de la vida. Se trata de un sistema que capta a trabajadores migrantes que, al carecer de redes de apoyo inmediatas, limita su posibilidad de inserción a diversas ramas del mundo laboral, ergo, a la sociedad. Se vive al margen de la vida pública, un exilio centrípeto de la cultura.

El sol había caído y la plática crecía. Alguien atizaba la fogata: risas y anécdotas se compenetraban con nombres de antiguos amigos y viejos chistes. Chema recordó algún baile del año anterior, en el cual habían bebido demasiado junto a una tal “Amanda Miguel”. Asentían y reían a carcajadas. Recordaron haber robado unas botellas de vino a unos quebecos y, al volver a casa, abrazados, cayeron todos de frente. Lamentaron que estos personajes no pudieran estar en ese momento. Me pareció curiosa dicha anécdota pues recordé que mi amiga Astrid me había narrado alguna historia con las mismas características: un baile, botellas robadas, una caída en la noche. Pero, más curioso me resultaba la forma en la que se referían a aquella persona: “Amanda Miguel”, una famosa cantante argentina cuyo rasgo físico más característico es una frondosa cabellera risada. Cabal referencia que coincide con la apariencia de Astrid.

Es decir, tal vez aquella persona a la que se referían fuese mi amiga. Remota posibilidad, pero los cabos parecían hilarse. Sin pensarlo mucho, busqué una foto de Astrid en mi teléfono y se la mostré a Chema: “Oye, ¿no será ella de quien hablan?”. Sorpresa. En efecto, se trataba de Astrid, ella era Amanda Miguel. El júbilo aumentó, las risas crecieron en estruendo y los brindis se multiplicaron. La Fiera, Chema y el Curro estaban estupefactos. Pero Bruno y yo más. Si éramos amigos de ella, entonces desde ya éramos amigos de ellos, nos dijeron.

Oliver: lugar y momento de inexplicable interconexión para la racionalidad. Sinergia que nos unía con los habitantes de aquella casa y con las personas que habíamos ido conociendo en el trayecto: Víctor encontrándose a su amigo Diego allí mismo y, a su vez, las chicas mexicanas recomendadas a las mismas coordenadas. ¡Vaya azar! Miré arriba y la negrura de aquel telón contrastaba ante infinitos puntos tintineantes. Acaricié la tierra húmeda debajo de mis pies y su olor creció y me vigorizó. De fondo, se escuchaba un bullicio general e incomprensible. Bebí un largo trago a mi Budweiser, me incorporé y avancé por otra zigzagueando entre los cerezos.

Agencia y cuerpo trabajador

A las 5:00 a.m. abre el alba y suena el despertador. Resisto al sueño mientras escucho una secuencia de ruidos metálicos a lo lejos: los pickers se acercan arrastrando sus buckets y ladders, es hora de piscar. Nuestro camping estaba instalado entre los cerezos a falta de un mejor sitio. Dormíamos en la zona de trabajo. Hacíamos mancuerna con Víctor tras habernos trasladado seis kilómetros hacia el sur desde la casa de los mexicanos en Oliver una semana después de haberlos conocido. Aquel primer trabajo que nos consiguió La Fiera con los punjabis duró sólo media hora. Consecuencia de la resaca de la víspera, pero también, debido a nuestra completa inexperiencia en cherry picking; la paciencia fue poca.

En esta línea me refiero al proceso por el cual fuimos desplegando diversas capacidades para consagrar nuestra fuerza de trabajo humano, motivo para afianzar la estadía. De tal modo, adquirimos y reprodujimos cualidades que representaban un esfuerzo físico e intelectual para encarar los contratiempos al cual no estábamos habituados. El desarrollo de habilidades y destrezas motoras e ingeniosas significó la capacidad de agenciar la acción social, pues en dicho ámbito la necesidad de adaptación al trabajo suponía un conocimiento urgente de sus aspectos pragmáticos. Así pues, consagramos nuestra reproducción social como ejército industrial de reserva, volviéndola asequible a los requerimientos del mundo laboral. Éramos parte de ese engranaje.

Debo decir que apenas dormía bien acampando: conciliar el sueño sobre el rigor del suelo y una temperatura superior a los 25ºC a la noche era complicado. Pero, al despertar, el olor a rocío saturaba el espacio. La jornada comienza ingiriendo deprisa un vaso de agua con avena y, guiado por el rumor de los pickers, me enfilo hacia el punto de trabajo sorteando ramas y piedras sobre la tierra empapada. Encuentro una escalera al paso y la cargo hasta donde me indica el capataz: se siente inestable, pero dice que no hay otras. Asciendo esquivando las hojas y las ramas hacia la fruta. Más rápido. Desde lo alto veo un límpido amanecer tras las montañas, siento una profunda nostalgia, pero también vértigo. Aprovecho no estar visible para comer algunas cerezas y tomar una bocanada de aire limpio.

A media mañana un break para reponer energía en aquel espacio: el mate, un cigarrillo liado con marihuana, música de armónica, pan de dulce y café. Bebo un poco de agua, frutos secos y semillas. Un cuarto de hora después, volvemos a ese ritmo monótono pero intenso, apenas roto por una que otra canción que alguien reproduce desde una bocina. Arrancar las cerezas de la mata, quitar las hojas que se cuelan, bajar la cubeta, buscar otra vacía, acomodar la escalera, subir con precaución y pericia. Intensidad, rápides. La cosecha se acumula junto a los cerezos. Llevo un inventario de mi producción en una libreta que recién conseguí por sugerencia de los mexicanos del Programa, los capataces son mañosos, dicen.  Y de nuevo arriba y abajo, intensidad. Al filo del mediodía, el cansancio es más profundo, el sol comienza a mermar los cuerpos y la fruta, estamos casi a 30°C. En este punto la rama del cerezo se suaviza y es complicado desprender los frutos. Los brazos desfallecen, pero el capataz ordena continuar.

El paso migrante da cuenta de un rito de paso que comprende la construcción de un cuerpo trabajador. El cuerpo no es sólo una categoría biológica o sociológica, sino un punto en donde intersectan lo psicológico, lo sociológico y lo simbólico (Avaria 2014, p.  79). Además, es necesario acatar la diversidad, así como la multiplicidad de experiencias marcadas por el género, la clase, la etnia, entre otras. Así pues, se destaca la propuesta de Mauss (1971, p. 342 en Avaria, 2014, p.  80) sobre la técnica corporal a partir de su observación, usos y movimientos. Esta permite la comprensión del accionar y sus particularidades producidas en lo físico, lo psicológico y lo simbólico a fin de retratar la complejidad de lo social: el cuerpo humano como categoría que expresa a la cultura.

En dicha línea, el trabajo se inscribe y ejecuta encarnado: la relación cuerpo, trabajo y “ser hombre” se teje en una red de representaciones que delinea los contornos de la masculinidad (Sarricolea, 2017, p. 312). El cuerpo ha de ser actuado y vestido como hombre, aprendizaje logrado mediante interacciones, movimientos y pensamientos. Se destaca la centralidad física frente al trabajo, la cual comienza siendo débil, pero se prepara para forjarse en un cuerpo trabajador que por horas soporte la intensidad de las ocupaciones a cielo abierto.

Hace hambre y mucha al término de la jornada. No hay comida preparada o algo similar cerca, sólo un pequeño local de víveres propiedad de los dueños de la farma en donde trabajamos —también punjabis. Los precios, exorbitantes. Pero aquellas cerezas que me espantaron el hambre me comienzan a dar reflujo. Nos recomiendan ya no hacerlo, tienen pesticidas. Quisiera escatimar en dinero, pero el hambre es canija. Pagarán al final de la cosecha y las posibilidades de cocinar son limitadas.  Nos dirigimos a aquella “posmoderna” tienda de raya (Montoya 2020, p.  7). Una sardina con pan, una manzana y una barra de chocolate que raciono y como a escondidas. De tener un carro esto no pasaría, podríamos ir y venir a nuestras anchas al centro de Oliver para abastecernos mejor. Bruno vio en Internet algunas opciones de vehículos seminuevos, pero todo sale del presupuesto. Discutimos con Víctor la posibilidad de adquirir un vehículo: “¿qué más se necesita?”.

En esta nueva orchard no hay ducha, se vuelve prioridad la necesidad de un baño. Nuestro propio hedor y las costras de mugre son insoportables. La regadera comunitaria de la granja no sirve y los días se van acumulando.  Hay una llave cerca que solemos emplear, pero, por ratos pierde potencia. Días después, tras una expedición por la carretera hallamos una pequeña casa deshabitada. Volvemos con jabón y ropa limpia y la allanamos. El baño apenas es suficiente, pues la caminata de vuelta nos hace sudar de nuevo. Pero ha valido la pena.

Diez días después, hemos terminado el trabajo en este sitio y recibimos un cheque por ello. Recuerdo que al dueño de la compañía le resultó curioso que yo fuera profesor y me apodó teacher. Noté un aire de respeto en ello. No así la convivencia con el capataz, quien escrutaba cada cubeta a los hombres, pero que era condescendiente con las mujeres. No sólo eso, también las acosaba. Un verdadero dolor de cabeza. Recuerdo que semanas después supimos que lo habían regresado a México por las constantes quejas recibidas.

Pues bien, Víctor, Bruno y yo teníamos un jugoso cheque, pero no otra opción de trabajo próxima. Nos comunicamos con La Fiera: vería qué podía hacer. Vamos a Liquor Store y compramos algo para celebrar el fin de la cosecha. La noche se torna en una fiesta internacional, camaradería y deambular entre la oscuridad perpetua de los cerezos buscando el camping al terminar la velada. Al otro día, La Fiera tenía dos noticias: había trabajo y alguien vendía una Van. Nos envió las fotografías por WhatsApp, lucía bien. Nos apresuramos a hacer el trato con aquella amable pareja de canadienses entrada en años. Llevó varias horas del día realizar el trámite para las placas, el seguro y gestionar la compra. Todo se logró por $1 600 CAD, lo pagamos con el dinero que recién los tres habíamos obtenido.

La tarde del 1 de julio, Canada Day, salimos del centro de Oliver a bordo de una Van color borgoña y el tanque de gasolina lleno. La Fiera nos dio los pormenores: 70 km al norte por la carretera 97th, llegaríamos a West Kelowna, ahí subiríamos una colina y, en la cima, encontraríamos el sitio. Tras los fuegos de artificio y con vigor en las miradas emprendimos la ruta que representaba más de 100 km desde Osoyoos. Arribamos a mitad de la madrugada, dormimos dentro de la Van. A la mañana, apalabramos el acuerdo laboral para los próximos días con el dueño punjabi de la finca. Al terminar la jornada, quisimos comprar una despensa en un supermercado que ubicamos cerca, sin embargo, el vehículo no arrancó más. Estuvimos lidiando con ese problema durante los siguientes días. Todos nuestros conocidos hasta entonces intentaron ayudarnos con resultados infructuosos; el Curro diagnosticó el problema en la transmisión. Arreglarla era impagable. Nos habían timado.

Eso nos desmotivó, pero también nos puso furiosos. Cómo habíamos podido permitir que eso sucediera. Cómo no se nos ocurrió revisar mejor el vehículo. Nos hubiéramos esperado para invertir, se había ido todo lo recién ganado. Éramos tan sólo unos jóvenes queriendo comerse al mundo y esos viejos nos habían engañado. Nos sentíamos menos en aquel lugar. Contactamos por teléfono a aquellas personas, pero se desentendieron. Víctor les dijo que los denunciaría y colgó. Muchos trabajadores sin documentos evitan a toda costa el contacto con las autoridades, pues eso puede evidenciar el estatus laboral; no obstante, al parecer él no temía eso, se apegaba al discurso de una estancia con fines de ocio. Le seguimos la corriente. Empleamos un aditivo capaz de hacer encender el motor del vehículo por unas horas e impulsados por el descenso en la cuesta, atravesamos la carretera a toda velocidad: enfurecidos, temerarios. Íbamos de vuelta a Oliver sin saber cómo resolver el asunto.

Después de varias horas la pareja accedió a vernos. Esta vez completamente malencarados propusieron devolvernos sólo la mitad del dinero. Era eso o nada. Perdimos casi $800 CAD en una movida. Bueno, ahora el otro problema era volver a West Kelowna, pues no había un transporte para recorrer aquellos 70 km. Logramos avanzar unos 20 km por medio de hitchhiking o aventón, algo que se acostumbraba en la zona de Oliver. Pero hacia el norte eso se fue complicando. Estábamos notablemente sucios por el trabajo y el aspecto étnico podría no inspirar confianza. Las horas pasaban y caminábamos por la carretera intentando mitigar la distancia.

El cansancio era abrumador y la desesperación se apoderaba de nuestra razón. Por un momento creí que pasaríamos la noche en la carretera, tenía miedo. Fueron varias las horas de angustia y caminata. El sol casi se había apagado cuando logramos acercarnos a un sitio relativamente urbanizado: un taxi a lo lejos. Dijimos nuestro destino, el taxista aseguró no acostumbrar trayectos tan largos, pero supongo que leyó algo en nuestros ojos pues dijo que lo haría. Cobró alrededor de $100 CAD. Nuestros pies y espíritu no podían más entonces. Fue lo mejor que pudo suceder. Nos dejó a las faldas de la colina, en donde nos rehidratamos para emprender el ascenso de media hora hacia el camping. Todo alrededor era silencio y, sobre mí, las estrellas refulgen como oro. Quiero regresar a México.

Salud mental y salud física: estrés y adicciones

En este apartado interesa ahondar sobre los costos de salud que los procesos migratorios traen consigo para los sujetos en movilidad.[7] Ruta sobre la que se presenta un mandato de proveedor propio de la masculinidad paternalista; condición que atraviesa, en gran medida, las relaciones transnacionales en sentido de que las remesas son un elemento que cristaliza la experiencia migratoria y vuelve asequible trabajar a la distancia como medio necesario para sostener la economía familiar.

Esto implica una necesidad imperante por retribuir pecuniariamente lo que es un factor de estrés por cumplir con tal mandato. No hay opción, acatar el rol es el motivo principal por el cual uno va a buscar el hueso. Las condiciones en el destino representan factores adversos, estresores frente a la búsqueda de trabajo o la alta exigencia de éste, la ausencia de la familia, las metas personales, las enfermedades, entre otras (Ceja, Lira y Fernández, 2014). Ante ello, entiendo al estrés como una situación en la que las demandas exteriores son mayores de las que el sujeto percibe que puede resolver satisfactoriamente, aquello que excede sus recursos (Rivera-Heredia, Obregón y Cervantes, 2013).

Los efectos estresantes en la migración son causa y efecto, un loop que frecuentemente se asocia a problemas económicos. En torno a tales, gira la decisión de abandonar el país, por ejemplo, a fin de solventar deudas.[8] Elemento que también puede acarrear una sobredemanda física por el trabajo con el objetivo de conseguir lo presupuestado. Por otro lado, la estructura precarizada del trabajo no documentado impide que se generen beneficios sociales derivados de éste. Prestaciones, vacaciones, pensiones, así como antigüedad limita las capacidades para enfrentar el desempleo generalizado en México. Ante ello, se presenta una dependencia a estos sistemas no regulados, pese a que termina siendo la mejor opción en términos instrumentales. Así pues, en las condiciones de trabajo para los jornaleros precarizados persisten elementos que se encausan bajo la coacción y la inmovilidad social, aislamiento que termina generando problemas de salud mental (Díaz-Mendiburo 2013).

Las condiciones de aislamiento son notorias en las granjas pues están apartadas de los centros económicos, los servicios o simplemente por la lejanía con otras granjas locales. Sujeción patente cuando los trabajadores necesitan salir a comprar comida o productos de higiene personal, lo cual termina siendo, en muchos casos, la única oportunidad de conocer la región fuera de los límites de la farma. Este aspecto tiene repercusiones con respecto al sitio de trabajo, pues cada provincia se supedita a la normatividad salarial específica. El control ejercido hacia los jornaleros sin documentos es un elemento que mayor impacto tiene en su subjetividad. Se trata de una coacción que la trastoca en términos identitarios: son trabajadores deslocalizados, cuyas redes de soporte son frágiles y buscan evadir los sentimientos de soledad (Díaz-Mendiburo, 2013).[9]

Conseguir remuneración sin contrato de trabajo da pie a buscar distintas actividades que no necesariamente se apegaban a la cosecha de fruta. Cada día sin trabajo era un pesar. Un día sin ganancia representaba la inutilidad de la estancia: “de valer madre acá en Canadá a valer madre allá en México, mejor me voy para allá”, decíamos. Si bien la pisca de la cereza, pese a todo, fue una época redituable, con la manzana, la uva, la cosecha de hortalizas y otras tareas menores era ganar a cuentagotas o con un esfuerzo doble. El sacrificio que representa irse del hogar se significa en términos de costo-beneficio.

El estrés agobiante se vive en distintos matices, por ejemplo, para los trabajadores del PTAT supone enviar una remesa adecuada, destinando parte de la ganancia para alimentos y ocio. A los que íbamos sin contrato no necesariamente nos era exigido este mandato, pero teníamos distintas motivaciones para generar dinero. Mi anhelo entonces era volver al país para vacacionar. A pesar de ello, debía solventar la inversión por toda esa estancia y conformar un ahorro pues, un motivo para irme a Canadá había sido no tener un trabajo estable en México. La incertidumbre de no saber si tendríamos trabajo para el día siguiente era un ordenador que regía los días, una zozobra normalizada.

De pronto, cuando salía un trabajo de unos días el ánimo mejoraba. No obstante, era constante que los empleadores dieran largas para retribuir el sueldo o sólo se desentendían. Había que ir detrás de ellos, ver la forma para que pagaran. Nosotros teníamos las de perder, total, cómo comprobábamos, legalmente, que habíamos trabajado. La ilusión de una ganancia suntuosa se experimentaba con más potencia al final de la temporada. De esta forma se manifestaban situaciones de tensión ante la ruptura cultural en el país de destino, lo que se agravaba frente a la barrera del idioma. Circunstancias que pueden favorecer la presencia de estados emocionales que afectan la salud mental (Torres et al., 2014).

Achotegui (2009 en Moya et al., 2016, p.  14) asegura que la relación entre migración y salud mental comúnmente se aborda desde una perspectiva epidemiológica y no desde la experiencia de vida, pues los migrantes experimentan duelo desde que salen de su hogar. Denomina a este fenómeno como “Síndrome de Ulises” o “Síndrome de los migrantes con estrés crónico y múltiple”, un cuadro de estrés ubicado en el ámbito de la salud mental. Se trata de un cuadro reactivo al estrés prolongado, pero también intenso que se desarrolla ante situaciones de duelo migratorio extremo no resuelto (Achotegui, 2012 en Moya et al., 2016, p.  14). Por su parte Rodríguez (2010) considera que, en tiempos de globalización, la movilidad transnacional representa una odisea de cara a la soledad, el miedo, la incertidumbre; es decir, no ser nadie en un lugar que no se conoce.

A estresores ya documentados como el proceso de adaptación, se suman los riesgos laborales (Moya et al., 2016), pues los migrantes tienden a llegar con buena salud, pero en sus trabajos existen problemas de salud y seguridad (Preibisch y Hennebry, 2011; Pysklywec et al., 2011). Sin embargo, la mayoría de dichos análisis sólo se enfocan en las consecuencias físicas que se padecen en los entornos de trabajo intensivo globalizados.

En otro tema, durante los meses de aquella estancia se presentaron diversos obstáculos de carácter práctico como era la preparación de los alimentos. Los primeros días fue un asunto que se resolvía yendo a un negocio local por un generoso burrito producto de manos salvadoreñas y una sazón estilo Texas: frijoles, chile, carne y tortilla de harina, era lo más idéntico a la comida mexicana que podíamos comprar en Oliver. Sin embargo, la pisca nómade requiere pragmatismo o una buena inversión económica para preparar alimentos más elaborados: parrilla portátil de camping, sartén, platos, cubiertos, entre otros productos que no aparecían en la gama de nuestras prioridades inmediatas.

En las inmediaciones de West Kelowna uno de los supermercados locales ofrecía una opción asequible: un combo que incluía un pollo rostizado estilo portugués acompañado de ensalada de col y zanahoria al que se añadía un paquete de bollos por $15 CAD. Un verdadero manjar tras la jornada que podía ser compartido entre tres. Todavía bromeo con que esa era la mejor comida típica canadiense que he probado. El resto de los alimentos del día eran enlatados, frutos secos y semillas o alguna barra de proteína.

Posterior a ello, al habernos acomodado de nuevo en Oliver, procuramos intervenir en la cocina. Nos adherimos a la propuesta de las mujeres que era pagar por el permiso de habitar aquella casa con la preparación de alimentos para todos los integrantes. Y es que, antes de eso, los mexicanos del Programa rara vez se preparaban de comer, ya se compraran un burrito o se inclinaran por unos huevos con salchicha y tocino, el ritmo de vida les exigía ser lo más práctico posible. Así pues, esta dinámica implicaba que la cocina estuviera en constante movimiento procurando alimentarnos mejor y gastar menos.

Esto implicó una serie de cambios en el abastecimiento de la despensa, pues tras comparar precios en los supermercados a los que habíamos podido tener acceso, descubrimos que aquellos más cercanos a las granjas vendían sus productos con un sobrevalor. Los mejores precios los tenía el Walmart de Kelowna, no obstante, se encontraba a más de 100 km. La estrategia implementada fue ocupar la tarjeta de gasolina que habían dado a los mexicanos del PTAT para sus viajes de trabajo, pues el empleador en Oliver tenía contactos en esa y otras zonas aledañas. Entonces, tales rutas se aprovechaban con ese fin o bien alguno de estos mexicanos disponía de su tiempo para manejar la camioneta y apoyar al aprovisionamiento.

La administración de gastos en la casa representó un importante ahorro económico para todos los habitantes, pero no sólo eso, sino que la ingesta proteica y calórica, así como la diversificación de alimentos fue patente. Incluso esta se democratizó pues cada uno tenía la posibilidad de escoger un tipo de platillo cada semana. Aunque las mujeres en la casa habían propuesto que ellas cocinarían, muy pronto todos entendimos que eso no podía ser únicamente tarea suya. Del mismo modo, la división en las otras tareas domésticas llevó a una organización asequible al consenso. Sin embargo, otras decisiones de alguna forma eran más impuestas que opcionales.

Al gestionar el trabajo para nosotros, La Fiera fungía como un contratista improvisado. Solía cobrarnos una comisión por la logística y asegurar horas extra para todos. Así, se agenciaba una proporción sobre nuestras horas: una hora por cada nueve trabajadas. Es necesario matizar: de las nueve horas, se trabajaban siete entre descansos para comer a un ritmo ligero. De modo que los $11 CAD que ganábamos por hora, se convertían en $55 CAD al ser cinco sujetos a quienes nos conseguía ocupación. Cantidad suficiente para comprar una caja con 24 cervezas, las que serían compartidas. Negocio redondo, decía La Fiera —aunque no todos estuvieran de acuerdo.

En esta dirección se presenta un elemento que ha sido ampliamente documentado y alude al consumo de alcohol, como representación de un espacio de significación cultural, pero también de control social, lo que suscita la imagen de un mal trabajador cuando este no cumple con sus obligaciones (Pantaleón, 2015). El consumo de alcohol se relaciona con trabajadores solos (solteros, separados, divorciados o viudos), pero también a circunstancias de hacinamiento, aislamiento, carencia de actividades recreativas y exposición a la soledad y la ansiedad (Torres et al., 2014).

Día con día se repetía tal logística. En las extensas jornadas de trabajo o en los largos trayectos a los centros de producción, el ritmo mecánico de las labores imponía un hastío generalizado, un ensimismamiento. Una experiencia estructurada en la monotonía frente a la convivencia a base de charlas al calor de las copas: profundas reflexiones de vida, retrospectivas y expectativas intercambiadas como forma de pasar el rato. Actividades para distraer la tristeza, la ansiedad y la nostalgia, para no pensar en la familia lejos: un estado de vulnerabilidad susceptible a desarrollar depresión u otros problemas mentales (Torres et al., 2014). El alcohol: aliciente cotidiano.

Sumado a ello, en algunos estudios se sugiere una asociación entre el consumo de sustancias y la migración en donde dicho patrón puede estar ligado a cambios generados por el mayor acceso a sustancias, mayores ingresos económicos y una mayor permisividad según las reglas sociales, sin dejar de lado los sentimientos de soledad, aislamiento y la discriminación vivida (Borges et al., 2007; Torres et al., 2014). Si bien aquel espacio representaba un profuso aislamiento social para con otros migrantes, la ingesta de bebidas alcohólicas a diario permitía que cualquier visita de compañeros se transformara en un evento que podía rebasar diversos límites (Amuchastegui 2005). En tales reuniones, el alcohol proporciona a los trabajadores fortaleza para enfrentar las condiciones de sobreexplotación, aislamiento y soledad (Becerril, 2007).

Dicha convivencia permite el acercamiento entre los sujetos mediante la identificación de aspectos afines como la nacionalidad, las historias de vida, las añoranzas, el dolor. La última noche de mi estancia en British Columbia compartí la mesa con un grupo de mexicanos que hasta entonces no conocía. Estos vivían en una de las zonas más despobladas del Valle del Okanagan a más de 20 km del sitio más cercano con servicios. Eran amigos de La Fiera a quien plantearon que, si les llevábamos cerveza hasta sus coordenadas, estas correrían por su cuenta. Fue una velada de profundas charlas y emotivas historias.

Reflexiones finales

Los elementos que se esbozaron permiten comprender que Canadá no ve a México y México no ve a Canadá: pese a ser naciones ligadas por relaciones y conexiones económicas y comerciales —que se han intensificado ahora con el TEMEC—, impera un desentendimiento mutuo. Por ello ha sido pertinente ahondar en una perspectiva cualitativa que permita vislumbrar qué significa trabajar y vivir en términos de una precarización y vulnerabilidad sistemática entre los trabajadores migrantes.

La mano de obra transnacional se presenta como una movilidad que cobra fuerza en esta franja del planeta por medio de acuerdos político-económicos a la luz de la acumulación flexible del capital en su fase neoliberal. Sometimiento de éste al trabajo como proceso de subordinación en donde prima la centralidad del trabajo barato (Molinero y Avallone, 2017). Si bien Canadá es un destino que se afianza como un atractivo destino de trabajo, operan mecanismos de inserción laboral al margen de la ley. Empero, las condiciones bajo las que desarrollan las ocupaciones laborales y la vida doméstica apuntan a ser inadecuadas.

El trabajo intensivo a cielo abierto en la industria agroalimentaria da cuenta de operar sin las suficientes regulaciones legales que garanticen una estancia bajo óptimas condiciones para los sujetos. No sólo se trata de situaciones que refieren a un trabajo no libre frente a diversos mecanismos de coacción, sino a una estructura afianzada en esferas de poder social, cultural, político, económico e histórico de supremacía racial. En este sentido, ya no sólo desde la hegemonía colonial, sino mediante un proceso de desplazamiento empresarial ligado a la cultura punjabi. Un sincretismo social y mercantil en expansión geográfica por el valle del Okanagan.

La alta demanda de mano de obra migrante da cuenta de la oferta laboral que los residentes locales no están dispuestos a realizar. Pero eso no es todo, sino que la condición temporal coloca a los trabajadores en una vulnerabilidad sistemática en cuanto al tipo de derechos a los que son acreedores. Es decir, no poseer ciudadanía —o residencia permanente— es una carencia patente de personalidad legal. Pese a habitar el territorio para el cual son motor económico, los jornaleros están desprotegidos ante malos tratos de empleadores o la incapacidad del sector económico por mejor sus condiciones de estancia.

La dinámica sin documentos de trabajo supone actuar clandestinamente y, ante cualquier tipo de abuso, no hay autoridad competente a la que acudir. Identifico que estos elementos rubricaron la cadencia que implicó la ruralidad de la vida cotidiana, a la cual, empero, no fue sencillo acceder. Las ganancias económicas como motivo de la movilidad representan costear la estancia en términos que aluden a un turismo cosmopolita. Es decir, se gasta en proporción a lo que se gana. Dicho de otro modo, en proporción a lo que se gana en México, las ganancias resultan superiores, empero no deja de prevalecer un alto costo en el consumo, pese a que el trabajo se paga barato. Se trata de una estructura laboral racializada que conmina a los trabajadores a acatar una burocracia hipervigilante.

Ante ello, la gama de estresores que se asocian al deterioro de la salud mental en el problema de la migración tiene diversos matices que sería oportuno abordar en alguna brecha de análisis más amplia e interdisciplinaria. La salud humana como parte constitutiva de la experiencia corporal y emocional se ciñe a la productividad industrial; el sufrimiento, como conditio sine qua non del trabajo temporal, en términos precarizantes, el desdibujamiento del umbral del dolor. Estos espacios a cielo abierto son propicios para generar incertidumbre desde un acecho activo, un control estricto sobre el actuar y la estereotipación de las ocupaciones laborales en donde la salud física y mental suponen la represión de sus sintomatologías, eludir el dolor como leitmotiv del trabajo intensivo.

En este sentido, el texto ha buscado exponer desde una narrativa descriptiva con un enfoque etnográfico qué representa el acceso a este sistema de trabajo por vez primera. Es decir, la implementación de un rito de paso que sugiere un quiebre biográfico en los individuos. De tal manera, se considera que la discusión no es concluyente pues existen diversos elementos que deberían ser contrastados con un trabajo de campo más robusto y, por supuesto, al paso de los años. La estructura del trabajo sin documentos, en este caso la pisca nómade, es una forma de trabajo remunerado en la cual habría que poner el ojo para las investigaciones sobre la agricultura canadiense. Sirvan estas líneas como motivación a futuros análisis.

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[1] En 2017 entró en vigor la excepción de visas a mexicanos que quisieran ingresar a Canadá y el número de visitantes se duplicó en comparación al año anterior. La Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) no ofreció una cifra concreta, empero, estimó que se trata de un incremento considerable en la movilidad académica y turística a partir de que se derogó el requisito de visado.

[2] El hito que antecede este contexto fue un programa piloto concebido para mitigar la supuesta escasez de mano de obra agrícola (Lara Flores y Pantaleón 2015), puesto en marcha desde 1966, creado y administrado por el Ministerio de Recursos Humanos y Desarrollo Social de Canadá (RHDSC, por sus siglas en francés). En 1974, México se incorpora con 203 trabajadores, pero en 2013 alcanzó más de 18 mil. En 2019 se concretaron 26 399 contratos laborales con más de 2 mil empleadores, mientras que en 2020 fueron 22 156 (Secretaría del Trabajo y Previsión Social, 2020). Esto representa una disminución de trabajadores del 16.1 %. El mayor descenso en 15 años como consecuencia de la pandemia por COVID-19.

[3] Indistintamente se podrá utilizar pisca en alusión al término picking.

[4] Este tipo de prácticas han sido documentadas en reportajes para el caso estadounidense: Revisar teléfonos, pedir contraseñas, acceder a redes sociales… ¿qué pueden hacer los agentes de migración de EE. UU.? BBC (Brooks, 2017); y Aumenta la revisión de celulares y computadoras en las fronteras estadounidenses, The New York Times (Nixon, 2018).

[5] Farma, granja u orchard son empleadas indistintamente para referirse a los espacios de cultivo.

[6] Los punjabis pertenecen a un grupo étnico al norte de Asia y se adscriben así como religión: “Mientras que los quebequenses llegaron a reemplazar a los portugueses en la década de 1970, un último grupo de inmigrantes provenientes principalmente de la India (indios orientales que hablaban principalmente punjabi) se instaló gradualmente en toda la provincia. A menudo monolingües como sus antecesores, estos inmigrantes se vieron obligados a aceptar las condiciones laborales de las distintas regiones productoras de la provincia. Bajo la égida del Programa Canadiense de Reunificación Familiar, este último grupo étnico se renueva año tras año para seguir siendo el segmento más grande de la fuerza laboral agrícola de la provincia en la actualidad” (Couture, 2009, p.  39-40).

[7]  Sobre esta idea, no debería descartarse el papel que, mayoritariamente, desempeñan las mujeres en el sitio de origen, la cual, en sí misma, no significa pasividad, sino una sobrecarga de responsabilidades y acumulación de malestares psicológicos (Rivera-Heredia, Obregón y Cervantes, 2013).

[8] No se soslayan otros factores de expulsión más recientes como la violencia o los efectos del cambio climático en las comunidades.

[9] En los Manuales Diagnósticos y Estadísticos de los Trastornos Mentales DSM-III-R (American Psychiatric Association, 1987) o DSM-IV-TR (American Psychiatric Association, 2000) no se hace mención específica sobre los sucesos estresantes asociados con la migración (Rivera-Heredia, Obregón y Cervantes, 2013).


 

  1. Mexicano.  Maestro en Antropología Social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS), México. Actualmente es Doctorante en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México. Líneas de investigación: trabajo precario, migración, salud y resistencia. Contacto: 23.rubenmontesdeoca@gmail.com.