Segunda época, número 17, enero-junio 2024, pp. 149-153.
Fecha de recepción: 03 de abril de 2024.
Fecha de aceptación: 27 de mayo de 2024.
Autora:
Carmen Lilia Cervantes Bello.1
Los movimientos de ultraderecha no son un fenómeno nuevo. De acuerdo con Klaus von Beyme (1988), a partir de la posguerra es factible seguir su desarrollo mediante tres fases: el Neofascismo (1945-1955), el populismo de derecha (1955-1980) y la derecha radical (1980-2000). Sin embargo, la ultraderecha del siglo XXI se enmarca en una serie de eventos que han alterado el equilibrio político y económico a nivel internacional contribuyendo a su desmarginalización y mayor aceptación. Tal es el caso de los atentados terroristas del 11-S, la Crisis Global de 2008, la mal denominada “crisis de los refugiados” y la “crisis COVID-19”.
Sin duda, estos eventos han incrementado la sensación de miedo, impotencia política y desamparo colectivo (Zubero, 2015) que aqueja a un sector significativo de la población. Existe una crisis de confianza en las instituciones democráticas que ha orillado a las personas a salir a las calles a protestar ante el deterioro de sus condiciones de vida, la pérdida de seguridad y poder adquisitivo, así como la vulneración de sus derechos. Si algo caracteriza al capitalismo, es su extraordinaria capacidad para generar riqueza y producir ganadores en el corto plazo, mientras que la desigualdad a nivel mundial aumenta y con ello el número de “perdedores”.
En este sentido, la ultraderecha se ha visto favorecida al contar con mayor apoyo electoral y en la formación de gobiernos al ser aceptados como socios de coalición. Como señala Mude (2021, p. 83): “raro es el caso en que la ultraderecha llega en solitario al poder, pero lo que sí es cada vez más habitual es ver a partidos de derecha radical populista formando parte de gobiernos de coalición más amplios”. Destacan los casos de la Alianza Democrática Nacional como estandarte del hinduismo radical en la India o el gobierno de coalición en Finlandia pactado entre los conservadores y la ultraderecha que comparten una visión euroescéptica y antiinmigración (Torralba, 2023). Estas estrategias, sin duda, confieren a las ultraderechas mayor capacidad de influencia en la agenda política de los países; y es que, a pesar de su heterogeneidad, su ideología está fundamentada en categorías étnicas y raciales que promueven el nativismo, el autoritarismo y el populismo, además de centrar su esfera de acción en temas como la migración, la seguridad, la corrupción y la política exterior (Mudde, 2021).
El ascenso de los partidos de ultraderecha, principalmente en Europa y Norteamérica, está transformando el panorama político al ocupar cada vez más espacios parlamentarios. En Europa, la construcción de un discurso sobre la “crisis de los refugiados” fue un catalizador para la desmarginalización de plataformas como el Frente Nacional (Francia), el grupo Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (Alemania), el Partido de la Libertad (Austria y Países Bajos), los Demócratas Suecos (Suecia), Amanecer Dorado (Grecia), el Partido Popular (Suiza) y el Partido de la Independencia (Reino Unido), que se caracterizan por compartir una ideología ultranacionalista y un programa político antiinmigrante que aboga por la instauración de una etnocracia, siendo los elementos no nativos los que atentan contra la homogeneidad y la estabilidad de las naciones (Akkerman, 2018). Es decir, un Estado monocultural de fronteras cerradas que incluye elementos como el euroescepticismo, la islamofobia, el elitismo y la exaltación de las diferencias (Mudde, 2021).
En Estados Unidos, la migración como amenaza a la seguridad nacional y sinónimo de criminalidad ocupó un lugar central en el discurso político con la llegada de Donald Trump a la presidencia, no obstante, el mandatario no representó una desviación de la política migratoria, sino la continuidad de la “guerra generacional contra el terrorismo” iniciada por Bush mediante la militarización de las fronteras (Davis y Akers, 2020) y que continuó durante el gobierno de Obama con la proliferación de políticas antiinmigrantes y deportaciones masivas como el programa Comunidades Seguras (Secure Communities), el Sistema de Gestión con Consecuencias y las cortes de migración que se convirtieron en instrumentos de criminalización de la población migrante.
La estrategia política de Trump bajo los lemas American First y Make America Great Again se basó, por un lado, en responsabilizar al establishment político de aplicar medidas y firmar acuerdos internacionales con resultados desastrosos para el país; y por el otro, en enarbolar un nativismo antiinmigrante como parte de un espectáculo fronterizo que vigila, controla y determina la aceptación, rechazo o expulsión (De Genova, 2018) de las personas migrantes que provienen principalmente de México, Centroamérica o con un mayor porcentaje de población musulmana, ante la incapacidad de la élite política de frenar la migración “ilegal” y masiva.
Incluso en la contienda electoral de 2024, Donald Trump refuerza su narrativa antiinmigrante y nuevamente echa mano de un lenguaje xenófobo y racista al señalar que las personas migrantes “envenenan la sangre del país” y promete, en caso de ganar las elecciones, llevar a cabo la mayor deportación de personas “ilegales”. En respuesta, sus simpatizantes no han dudado en expresar su apoyo mediante el extremismo político, ya que Trump le ha otorgado visibilidad a un sector de la población que se siente abandonado y considera que no tiene voz política, los “perdedores de la globalización”.
Los movimientos de ultraderecha no sólo cobran relevancia en estas regiones, como sucede en Brasil, donde la centralidad de la campaña de Bolsonaro fue la inmigración como amenaza etiquetando a las personas migrantes y refugiadas como la “escoria del mundo” (Jornal Opção, 2015). Incluso en algunos países de América Latina se han observado sentimientos nacionalistas y de injusticia social a raíz de la presencia de población migrante ante la conformación de caravanas migrantes. Tal es el caso de México y la manifestación que tuvo lugar en la ciudad fronteriza de Tijuana donde aproximadamente 300 personas mostraron su inconformidad a través de consignas como: “¡Migrantes sí, invasores no!”, “¡Nosotros primero!” “¡Tijuana primero!”, “¡Viva México!” (Camhaji, 2018), reforzando la narrativa antiinmigrante y los sentimientos de amenaza e invasión.
También están los casos del Partido Popular Indio liderado por Narendra Modi que concentra a grupos violentos y extremistas que han calificado a los inmigrantes provenientes de Bangladesh como “termitas e infiltrados” (Baños, 2019), exaltando así el nacionalismo hindú. En Israel, Netanyahu formó una controvertida alianza con dos partidos ultraortodoxos y tres de ultraderecha, resaltando el temor a la “islamización” y polarizando la opinión pública tanto a nivel nacional e internacional. Esta visión desafiante y deshumanizadora del ministro de defensa que se materializa en los ataques al pueblo palestino, le ha valido la petición de una orden de aprehensión por parte del fiscal general de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad, ya que la eliminación del grupo enemigo lleva implícita una limpieza étnica que retrotrae a Israel al estado de cosas anterior a la paz de Westfalia (Fazio, 2024). Adicionalmente, los medios de comunicación han jugado un rol esencial en la construcción de esta narrativa negativa, ya que la migración irregular es la más mediatizada y politizada en la actualidad, y paradójicamente, es la dimensión del fenómeno migratorio la que más ha crecido como consecuencia del desarrollo geográfico desigual a pesar de ser un tema central de la agenda global (Álvarez, 2016).
Como se puede constatar, la migración de personas es un tema clave en la mayoría de los movimientos de ultraderecha, donde el “otro” es la principal amenaza y fuente de inseguridad, por lo que debe ser tratado con mano dura. Esta construcción abstracta del “otro” está sustentada en una dinámica donde las interacciones se desarrollan en función de la posición y la distancia social, lo que imposibilita “cualquier forma de relación caracterizada por la existencia de un sentido recíproco que oriente la acción mutua” (Izaola y Zubero, 2015). Así, las categorías como forastero, extranjero, monstruo, y particularmente la de extraño, evocan todo aquello que está fuera de lugar y representa una amenaza; y, por ende, queda sujeto a proyectos de ordenamiento social (Bauman, 2001).
De acuerdo con Lévi-Strauss (1955) la antropoémica y la antropofágica son estrategias que se han adoptado a través del tiempo para enfrentar la otredad y que persisten en las políticas migratorias en la actualidad. La primera utiliza mecanismos de persecución, control y expulsión de las poblaciones migrantes; mientras que la segunda, se centra en la exacerbación de las políticas asimilacionistas para reducir los efectos del multiculturalismo en la cohesión social bajo un modelo nacionalista-racista.
Sin embargo, “los inmigrantes y los refugiados no nos resultan distintos, no nos resultan ajenos, no son unos extraños a causa de los cuales se sienta una amenaza real […] ese miedo solo existe en la imaginación” (Han, 2017, p. 17). En otras palabras, estas sensaciones y sentimientos están sustentados en el mito de la modernidad que fomenta en la humanidad la incapacidad de aceptar, tolerar y sentir compasión por el otro; y es que, generalmente, la compasión se ha asociado con la pérdida de poder y la vulnerabilidad, pero es el sentimiento adecuado a la dignidad humana. El sentimiento que permite entrar en contacto con el sufrimiento y malestar que existe alrededor, empatizar con quienes sufren injusticia y desigualdad, así como derribar los mecanismos de odio.
No obstante, para sostener el mito de la “amenaza” es necesario construir un objeto a odiar y diseñar los mecanismos para su deshumanización y aniquilación; ya que en el odio subyace la impotencia y el desamparo. De acuerdo con Marina (2021), los odios sociales (a diferencia de los individuales) están basados en lo que él denomina “estigmatización categorial”. Las personas migrantes, refugiadas, musulmanas, negras, etcétera, se conciben como entidades abstractas, ya que el “objeto a odiar” es la totalidad de individuos que conforman esa categoría e inmediatamente adquieren las mismas características amenazadoras y repulsivas. Por ende, para que la estigmatización categorial se concrete, se requiere de un proceso de deshumanización que implica derribar las barreras emocionales, morales y políticas (Marina, 2021); se anula su dignidad, se les despoja de sus derechos, se excluyen del sistema moral y del Estado de derecho, incluso puede haber instituciones que permitan y/o ejerzan la violencia en su contra.
Cada vez más hay mayor insensibilidad al sufrimiento del otro, conductas que conducen a la falta de solidaridad y cooperación en todos los niveles, así como a una menor preocupación por las personas más vulnerables y desfavorecidas. En este punto, no se trata de victimizar a las poblaciones migrantes, ni de sustituir la justicia por caridad. Sin embargo, en un sistema parasítico y depredador, que excluye, divide y expulsa, “la modernidad hegemónica ha corrompido el amor y lo ha utilizado para fomentar la competitividad, el racismo, el patriotismo y la ideología en su función negativa” (Ávila, 2019, p. 318).
En este sentido, para superar la estigmatización, criminalización, exclusión y deshumanización de las poblaciones migrantes, es imprescindible desarrollar relaciones comprometidas a través de los principios de reciprocidad, correspondencia y afectividad, lo que no necesariamente implica la erradicación de las diferencias, sino su aceptación. Es imprescindible derribar el gen egoísta y trascender la noción antropocéntrica, utilitarista y determinista que impera en la actualidad desarrollando un sentido de identidad integral. Romper con la visión utilitaria y unidireccional hacia las personas migrantes, en las que una parte sólo da y la otra sólo recibe.
Sólo así, iniciará un proceso de aproximación a la cosmovisión del otro, de su cultura y lenguaje simbólico desde el respeto, que permitirá profundizar en el “sentimiento de pertenencia a una misma especie por encima de la conciencia de pertenencia a una cierta etnia o nación” (Muñoz, 2004, p. 35). Acciones que contribuyen a cambiar la narrativa negativa en torno las personas migrantes, a promover y respetar sus derechos y que fomentan la convivencia y coexistencia de forma pacífica.
Referencias bibliográficas
- Akkerman, T. (2018). “Partidos de extrema derecha y políticas de inmigración en la UE”. Anuario CIDOB de la Inmigración, pp. 48-62, DOI: doi.org/10.24241/AnuarioCIDOBInmi.2018.48.
- Álvarez, S. (2016). “¿Crisis migratoria contemporánea? Complejizando dos corredores migratorios globales”. Debate Ecuador, Núm. 97. pp. 155-171. Recuperado de [https://repositorio.flacsoandes.edu.ec/xmlui/handle/10469/12140].
- Ávila, R. (2019). La utopía del oprimido. Los derechos de la pachamama (naturaleza) y el sumak kawsay (buen vivir) en el pensamiento crítico, el derecho y la literatura. Ediciones Akal.
- Baños, J. (2 de septiembre de 2019). “India excluye a los bengalíes de Asam”. La Vanguardia. Recuperado de: [https://www.lavanguardia.com/internacional/20190902/47125165232/india-asam.html].
- Bauman, Z. (2001). La postmodernidad y sus descontentos. Akal.
- Camhaji, E. (19 de noviembre de 2018). “La xenofobia sale a las calles de Tijuana”. El País. Recuperado de: [https://elpais.com/internacional/2018/11/18/mexico/1542511725_499305.html].
- Davis, M. y Akers, J. (2020). Nadie es ilegal. Editorial Grano de Sal.
- De Genova, N. (2018). “El espectáculo fronterizo de la “victimización” del migrante”. Horizontes Decoloniales. Núm. 4. pp. 23-38. DOI: https://doi.org/10.13169/decohori.4.0023.
- Fazio, C. (27 de mayo de 2024). “Israel intensifica el genocidio”. La Jornada. Recuperado de: [https://www.jornada.com.mx/2024/05/27/opinion/015a1pol].
- Han, B. (2017). La expulsión de lo distinto. Editorial Herder.
- Izaola, A. y Zubero, I. (2015). “La cuestión del otro: forasteros, extranjeros, extraños y monstruos”. Papers Revista de Sociología. Vol. 100. Núm. 1. pp. 105-129. DOI: https://doi.org/10.5565/rev/papers.649.
- Jornal Opção (22 de septiembre de 2015). Entrevista de Bolsonaro ao Jornal Opção repercute nacionalmente. Recuperado de: [https://www.jornalopcao.com.br/colunas-e-blogs/imprensa/entrevista-de-bolsonaro-ao-jornal-opcao-repercute-nacionalmente-46507/].
- K. von Beyme (1988). “Right-Wing Extremism in Western Europe”. West European Politics. Vol. 11. Núm. 2. pp. 1-18. DOI: 10.1080/01402388808424678.
- Marina, J. (2021). Biografía de la inhumanidad. Editorial Ariel.
- Mudde, C. (2021). La ultraderecha hoy. Ediciones Paidós.
- Muñoz, 2004. “La paz”. En Molina, B., y Muñoz, F. (Coords.). Manual de paz y conflictos. Universidad de Granada.
- Torralba, C. (16 de junio de 2023). “La ultraderecha controlará siete ministerios clave en el futuro Gobierno de Finlandia”. El País. Recuperado de: [https://elpais.com/internacional/2023-06-16/la-ultraderecha-controlara-siete-ministerios-clave-en-el-futuro-gobierno-de-finlandia.html].
- Zubero, I. (2015). “Desamparo, populismo y xenofobia”. Revista Española del Tercer Sector. Núm. 31. pp. 89-117. Recuperado de: [https://www.plataformatercersector.es/sites/default/files/N31%20RETS%20N%C3%BAmero%20abierto.pdf ].
-
Mexicana. Doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México. Actualmente es profesora-investigadora en el Departamento de Economía y Negocios de la Universidad del Caribe, México. Líneas de investigación: migración internacional, globalización e integración regional. Contacto: ccervantes@ucaribe.edu.mx.